Cuando escuchamos la palabra reforma, muchas veces pensamos en cambios externos, ajustes de conducta o nuevas estructuras. Sin embargo, desde una perspectiva bíblica, la reforma es mucho más profunda: es una obra continua de Dios en nuestra vida, iniciada por Cristo y sostenida por Su naturaleza en nosotros. La Biblia nos enseña que no todos …
Cuando escuchamos la palabra reforma, muchas veces pensamos en cambios externos, ajustes de conducta o nuevas estructuras. Sin embargo, desde una perspectiva bíblica, la reforma es mucho más profunda: es una obra continua de Dios en nuestra vida, iniciada por Cristo y sostenida por Su naturaleza en nosotros.
La Biblia nos enseña que no todos los cambios son verdadera reforma. La verdadera reforma nace de la revelación, produce libertad y nos conduce a vivir conforme a nuestra vocación en Cristo.
El tabernáculo: una figura temporal
En Hebreos 9:1–10, el autor describe el tabernáculo de Moisés, un santuario móvil construido bajo instrucciones directas de Dios.
El tabernáculo estaba compuesto por:
- El Atrio, donde el pueblo se acercaba a adorar.
- El Lugar Santo, donde se encontraban la menorá, la mesa de los panes y el altar del incienso.
- El Lugar Santísimo, donde estaba el Arca del Pacto, separada por un velo.
Estas cosas fueron establecidas, dice Hebreos, “hasta el tiempo de reformar las cosas”. Esto nos muestra que el tabernáculo no era el final del plan de Dios, sino una figura temporal que apuntaba a algo mayor.
Cristo: el cumplimiento del tabernáculo
El evangelio de Juan nos revela esta verdad:
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
La palabra habitó también puede traducirse como “tabernaculizó”. Esto significa que Jesucristo es el cumplimiento del tabernáculo. Él no vino solo a mejorar un sistema antiguo, sino a dar inicio a una nueva dinámica espiritual.
Por eso, la reforma comienza con Cristo. Él no vino a reformar algo y luego irse, sino a establecer una vida en constante renovación dentro de nosotros.
¿Qué significa reformar?
La palabra reformar proviene del latín reformare, que significa:
- Volver a dar forma
- Rehacer
- Modificar algo con la intención de mejorarlo
Desde esta perspectiva, la reforma no es un evento aislado, sino un proceso continuo, tan constante como la vida misma. Estar vivos en Cristo implica estar siendo reformados constantemente.
La reforma empieza en nuestro ser
Para entender la reforma, necesitamos entender cómo Dios nos creó. 1 Tesalonicenses 5:23 nos muestra que somos espíritu, alma y cuerpo.
Nuestra mente, por sí sola, no tiene la capacidad de comprender todo lo que Dios está reformando hoy. Por eso, muchas veces reducimos la santificación solo a pecados del pasado o a mejoras externas de conducta.
Intentamos cubrir fracasos personales, familiares o económicos con buenas obras o actividades religiosas, pero eso no es reforma.
La reforma verdadera nace de una convicción interna, donde entendemos que somos parte de lo que Dios está haciendo en la tierra.
Reforma y libertad
La reforma solo puede funcionar cuando vivimos en la verdadera libertad.
La libertad no es simplemente elegir lo que queremos hacer. La libertad es la naturaleza de Dios en nosotros.
Jesús dijo:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
El ser humano es verdaderamente libre cuando hace lo que debe, no solo lo que quiere. Cuando actuamos solo por deseo propio, terminamos siendo esclavos de nuestras decisiones.
La verdadera libertad crece a medida que maduramos en Cristo.
La libertad es fruto de la madurez
Jesús también afirmó:
“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).
Nuestra libertad aumenta conforme crece Cristo en nosotros. No es algo que sucede de un día para otro, sino un proceso continuo.
Toda nuestra libertad fue consumada en Cristo, pero accedemos a ella a través del crecimiento espiritual. Por eso, muchas veces no somos libres no porque alguien nos lo impida, sino porque hemos construido cárceles internas con malas concepciones de la vida y del evangelio.
Reforma y vocación
Todos tenemos un llamado, porque todos fuimos creados a imagen de Dios. Sin embargo, si nuestra vocación no nos es revelada, no entenderemos los procesos de disciplina ni el propósito de nuestra vida.
La vocación no es algo que simplemente hacemos; nuestra vocación es Cristo manifestándose en nosotros.
Las buenas obras del nuevo pacto no se aprenden como una tarea, sino que fluyen de nuestra naturaleza divina, así como un león ruge o un ave vuela.
Los dones no son algo separado de Cristo: el don es Cristo expresándose de una manera particular en cada persona.
Una reforma que continúa
Cristo no vino a cambiar el plan eterno de Dios para nosotros, sino a pasarnos de muerte a vida. Por eso decimos que somos salvos y salvándonos cada día, conforme entendemos más profundamente nuestra vocación.
La reforma no se trata de una lista de cosas por hacer, sino de descubrir lo que Dios ya depositó en nosotros.
Cuando caminamos en nuestra verdadera vocación, Dios mismo provee los recursos, porque a los hijos, Dios los sustenta.
¿eres un reformador?
La reforma comenzó en Cristo y continúa en nosotros.
- La reforma es un asunto de libertad.
- La libertad nace de la naturaleza divina.
- La naturaleza divina nos conduce a nuestra vocación.
Vivir nuestra vocación es participar activamente en la reforma de Dios en la tierra.
La pregunta final es personal:
¿Eres un reformador?




